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Carlos J. Aldazábal


Nació en Salta, Argentina, en 1974. Como poeta obtuvo, entre otros, el Premio Alhambra de Poesía Americana (Granada, España) y el Primer Premio del II Concurso «Identidad, de las huellas a la palabra», organizado por Abuelas de Plaza de Mayo. Publicó los poemarios La soberbia del monje (1996), Por qué queremos ser Quevedo (1999), Nadie enduela su voz como plegaria (2003), El caserío (2007), El banco está cerrado (2010),  Piedra al pecho (2013), Las visitas de siempre (2014) y Camerata carioca (2017). Su poesía ha sido traducida al inglés, al portugués, al árabe y al italiano, e incluida en numerosas antologías, entre otras El canon abierto. Última poesía en español (2015), editada por Visor.

Juan Gelman visita Río

Y se lo vio como una aparición en los tranvías.
Su voz bajaba a esa hora exacta,
hora de sábado entreverada con la ilusión de lo eterno.

Al lado suyo una mujer custodia (ángel o dios)
le llevaba el calor de la garganta
“Afinadito así”, le iba diciendo,
señalando un pájaro, cuyo canto sobresalía
                             sobre micos y loros.

Entonces empezó el concierto
por los barrancos que daban al mar:
“Esa mujer se parecía a la palabra nunca”, leía,
y las garotas aplaudían desde las playas
mientras las olas arremetían con furor festivo
y no quedaba estatua de poeta en pie
ni sambódromo arreglado para los estruendos.

Era un zorzal, una calandria, un cardenal copetudo.
Era un bandoneón en el mediodía de los barcos,
en el puente de Niteroi, sobre los roquedales con pescadores.

El sol quemaba las páginas del libro.
Yo no podía parpadear, enceguecido por la música.

El Cristo del Corcovado aplaudió sobre mi cabeza justo cuando él decía:

“Y el sapo de Stanley Hook se quedó solo”.


Salvación

Un volcán en mi cabeza.
Las espinas del Cristo Redentor
y un Vía Crucis de silencio.

Si lo efímero se pareciera al agua
nuestro amor sería el fuego,
lucecita brillante en manos del volcán,
porción de las favelas sobre las playas
                         de Leblon y Copacabana.

No tocar la fragilidad que hiere
(lo oscuro de tu pelo, el pulso tornasolado de la distancia),
perderse bajo la lava como un buen romano
a punto de ingerir huevos de codornices.

Pero hay que ayunar para sanear la mente,
y en esta vastedad de precipicios
no hay soga suficiente que sostenga
(el carnaval pasó, igual que la alegría,
días de atún y de abstinencia
con poca prevención para el ahogo).

Por eso, mientras ruge el volcán vuelvo a decirte:

si lo efímero se pareciera al agua

tu melena de fuego

tu flequillo de noche

serían suficientes para resucitar, para encontrarnos.



(de Camerata carioca, 2017)

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